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martes, 26 de febrero de 2008

D. IGNACIO LOPEZ PASCUAL


DON IGNACIO LÓPEZ PASCUAL
EL oficial de artillería á quien el conde de Toreno calificó de pilar de la defensa de Zaragoza en su primer sitio; del más amado de Palafox; del que más lució por su valor é inteligencia en los peligros supremos y en las más espinosas comisiones, y que, sin embargo de tantos méritos, sólo necesitó el transcurso de una centuria para que el olvido más pesado y frío que la losa del sepulcro, haya borrado su nombre de la memoria de los vivos.
¿Será que las glorias de este mundo se apagan con la brevedad del fuego fatuo? ¿Será que en la vida terrena no cabe la perpetuidad de los recuerdos? Sin duda alguna, porque de otro modo no se concebiría que la corporación artillera haya olvidado el nombre y los hechos del oficial benemérito que tanto contribuyó á extender su clarísima fama por toda la haz de la tierra: no sería posible que un historiador tan diligente y grave como el general Gómez de Arteche, de artillera procedencia, y que sin duda conoció á muchos antiguos oficiales contemporáneos del defensor de Zaragoza, le confunda lastimosamente con D. Ignacio López Pinto, adjudicando á éste glorias que no le corresponden; y aun se comprendería menos que la capital de Aragón haya olvidado del todo los merecimientos del hijo esclarecido que fué alma de su defensa y gloria de sus armas.
Y que de este olvido no tienen culpa alguna los contemporáneos de López, es un hecho indiscutible. El conde de Toreno aprovecha con viva satisfacción todos los lugares de su historia en que tienen acceso los servicios de aquél, para calificarle de sabio y valeroso; el historiador de los sitios D. Agustín Alcaide (en el catálogo de los defensores que prestaron servicios distinguidos é incluye en el tomo III de su obra) trazó una pálida semblanza de D. Ignacio, pero biografía al fin, y que como tal nos instruye de algunas particularidades de su vida; y el célebre cantor de Trafalgar y de la Imprenta, el gran poeta Quintana, honró la memoria de López al ocurrir su fallecimiento, publicando en el núm. 49 del Semanario Patriótico de Cádiz, su tan sentido como entusiasta elogio necrológico.
DE la familia infanzona de los López de Avenía, originaria de la villa de Quinto, nació D. Ignacio en Zaragoza el 1.° de Febrero de 1776, se bautizó en la pila de San Gil y fueron sus padres D. José López y Dª María Francisca Pascual. Su genio militar y los altos prestigios del cuerpo de artillería le llevaron al colegio de Segovia, donde terminado el curso de estudios con sobresaliente concepto, ganó la charretera de subteniente alcanzando el 2.° puesto en la promoción de 1798, y ascendido á capitán 2.° en 1803 fué ayudante profesor de la compañía de caballeros cadetes, desempeñando con gran lucimiento la clase de fortificación. En 1803, tuvo necesidad de retirarse del servicio con motivo del fallecimiento de sus padres y hermano mayor para cuidar los intereses de su casa, y en tal situación se hallaba cuando el glorioso alzamiento de Zaragoza vino á sacarle, lo mismo que á su cuñado el entonces capitán y después general D. José Obispo, del apacible y voluntario retiro que disfrutaban, para lanzarles como ardientes patriotas á la lucha por la independencia nacional.
Sus servicios en el armamento de Aragón y en la primera defensa de Zaragoza fueron tan relevantes que basta la simple reseña para que se comprendan y aquilaten sin necesidad de extremar la apología. Estrechamente adicto á Palafox por personales afectos é identidad de miras, fué su leal consejero en las resoluciones, su inseparable camarada en los riesgos, y su persona de confianza para las comisiones más arduas. Por orden del General se trasladó á la frontera el 29 de mayo para asegurar el paso de Canfranc y organizar las defensas de la plaza de Jaca, donde dejó de comandante de artillería al teniente D. Francisco Camporredondo, cuya comisión desempeñó con tanta inteligencia como peligro, pues los patriotas jacetanos le tomaron por espía de Godoy, y hubiera perecido á manos de las turbas sin la intervención del teniente coronel D. Fernando García Marín que calmó la efervescencia popular afirmando que López era un distinguidísimo oficial de artillería afecto con alma y vida á la causa del Rey y de la Patria. Terminada su comisión revuelve á Zaragoza con vertiginosa celeridad, organiza una batería volante de cuatro piezas y asiste con ella al desgraciada choque de Alagón el 14 de Junio; al día siguiente, memorable fecha de la embestidura de la ciudad por las tropas de Lefébvre, gobierna con tanta bravura como inteligencia la batería avanzada de Casa Blanca donde sostiene vigorosamente el fuego hasta que inutilizadas las piezas y envuelta la posición por el enemigo, tiene que retirarse con los defensores de aquel puesto. Fué entonces cuando el ilustre caudillo recordando que las defensas pasivas son siempre infecundas y que, como Capitán General de Aragón tiene el sagrado deber de ponerse al frente del ejército para hostilizar al enemigo por la espalda y obligarle á levantar el sitio, resuelve salir de la ciudad para reunir tropas con el objeto expresado, llevando consigo á nuestro capitán para que prosiga en las operaciones exteriores la serie de importantes servicios comenzada el día del alzamiento.



Unido Palafox á su hermano D. Francisco, á los coroneles Obispo y Gómez de Butron y á D. Ignacio, llevando á sus órdenes el batallón antiguo voluntarios de Aragón, el regimiento infantería de Fernando VII, los dragones del Rey y una batería de cuatro piezas que había concentrado en Belchite, marchó por Longares á La Almunia de Doña Godina para juntar sus fuerzas con las alistadas en Calatayud por el barón de Warsage; y pareciendo dicho puesto poco estratégico para las operaciones que meditaba, marchó sobre Epila, teatro de antiguas y reñidas batallas, y posición que juzgó excelente para sus miras de hostilizar al enemigo, cortarles sus comunicaciones y socorrer á Zaragoza en cualquier evento, habiendo logrado reunir un efectivo de 2.346 infantes (en su mayor parte paisanos nuevamente alistados) con 363 caballos y cuatro piezas de artillería. Pero comprendiendo Lefébvre la necesidad urgente de conjurar el peligro que amenazaba su retaguardia pudiendo obligarle á combatir con desventaja entre dos fuegos, después de engañar con un ataque simulado á la guarnición de Zaragoza el día 22, dispuso que el coronel Khlopistki marchase rápidamente sobre Epila con tres batallones, un escuadrón y algunas piezas. A las 9 de la noche del 23 están los adversarios frente á frente y sus avanzadas rompen el fuego; al amanecer del 24 principia su ataque el enemigo, y aunque el choque fué sostenido con firmeza por las tropas veteranas y muy especialmente por la artillería que combatió dignamente, distinguiéndose como siempre D. Ignacio López que la manejaba, entró el pánico y consiguiente desorden entre los bisoños voluntarios que huyeron en todas direcciones viéndose forzado Palafox á retirarse sobre Calatayud con los restos de sus fuerzas de la víspera (Toreno, libro V. Arteche, tomo II, cap. IV.)
LEFEBVRE en tanto apretaba el sitio de Zaragoza, y Palafox, concentrando en Belchite los dispersos de Epila, reunió una columna de 1,300 hombres con 6o caballos disponiéndose á conducir este refuerzo á la ciudad, y no siendo factible llevarlos por la derecha del Ebro sin exposición á una nueva derrota, dispuso que pasasen dicho río por la barca de Velilla, y desde allí los condujo en carros á la capital .para evitar el cansancio y aligerar la marcha á fin de que tan importante socorro llegase á tiempo de oponerse al ataque general que preparaban los franceses, como sucedió en efecto, entrando por la Puerta del Ángel al anochecer del 1.° de Julio (Alcaide, tomo I, cap. XII, pág. 136)
Ya era tiempo, pues el 2 de Julio, hábilmente preparado el ataque general con el bombardeo é incesante cañoneo de la víspera, fueron todas las puertas de la ciudad, desde la de Sancho á la de la Quemada, teatro de empeñada lucha en que los franceses recibieron duro escarmiento. Acude López con el Capitán General á los sitios de mayor peligro; combate bravamente en las baterías del Portillo, Agustinos descalzos y Misericordia, y Zaragoza escribe una nueva é inmortal página en sus efemérides.
Viendo los franceses que el sitio brusco hasta entonces intentado no puede prevalecer por el heroísmo de los defensores, apelan al sitio en regla, principiando trabajos de trinchera contra el ángulo saliente de Santa Engracia y Torre del Pino, elegido al efecto por mandato del Emperador; mas no por eso dejan de atormentar á los sitiados con un sostenido bombardeo, ni de procurar la entrada por sorpresa en diferentes puntos del primitivo ataque, mientras van adelantando sus paralelas, y la puerta del Carmen en la noche del 17 de julio es objeto de una enérgica acometida en que nuestra batería dirigida por D. Ignacio López y D. Francisco Betbecé, escarmienta duramente al agresor rechazándole con pérdida considerable. El 29 de julio dispuso el Capitán General que la guarnición practicase salidas por los puestos de Santa Engracia, Arrabal, y puertas del Portillo y Sancho para detener los trabajos del sitiador, y López desde la batería del Portillo apoya con fuegos certeros la salida efectuada por el coronel Marcó del Pont, siendo su comportamiento justamente alabado en la Gaceta del día (Alcaide, tomo I, pág. 193); posteriormente cuando en el memorable 4 de Agosto consigue el sitiador penetrar en la ciudad y llegar hasta el Coso, donde le detiene con heroico valladar de fuego y hierro la intrepidez zaragozana, que no cesa de combatir sin descanso hasta la deslucida retirada de los sitiadores en 14 de dicho mes, fué también nuestro D. Ignacio (en alternativa con D. Juan Cónsul) el comandante de todas las baterías establecidas en aquella calle histórica y en las embocaduras de sus afluentes que tanta importancia tuvieron en el éxito final. (Alcaide, torno III, pág. 121).
No es de extrañar, por tanto, que servicios tan relevantes tuviesen cumplida recompensa, y que López obtuviese el empleo de coronel al terminar el primer sitio de su ciudad nativa, entre cuyos defensores ingresó de simple capitán. Su carrera fué rápida, pero merecida.
Una de sus más celebradas iniciativas como oficial facultativo consistió en la improvisación de una fábrica de pólvora con utensilios tan rudimentarios como son los almireces de los farmacéuticos, confiteros y chocolateros; pero taller al fin que desde el lo de julio proporcionó á los zaragozanos algunas arrobas diarias de aquella munición indispensable, sin la cual hubiera sido vano intento el de prolongar la defensa harto comprometida desde el 27 de junio, fecha tristísima de la voladura del Seminario Conciliar que privó á la plaza de su mayor acopio de tan capital elemento. Y aunque es cierto que la elaboración resultaba insuficiente, que la defensa no hubiese podido continuar sin; los auxilios de la fábrica de Villafeliche, y sobre todo sin el gran convoy introducido por Palafox en los últimos días, no por eso se rebaja en lo más mínimo la grandiosidad del pensamiento concebido y ejecutado por D. Ignacio López en los momentos más críticos, que ha venido á establecer en el arte de defender plazas la máxima novísima, de que la falta de pólvora no debe ser motivo inmediato de capitulación habiendo salitre y alufre en almacenes.
LA retirada de los franceses el 14 de agosto fué originada, no sólo por el valor zaragozano que paralizó sus esfuerzos, sino también por los triunfos de Bailén y Valencia, que obligando al enemigo á retroceder á la frontera, permitió auxiliar á la capital aragonesa con la división Saint-Marcq que ya á una jornada de Zaragoza, decidió el movimiento retrógrado de Verdier y Lefebvre harto parecido á obligada fuga. Pero Palafox, que no desconocía el genio de Napoleón y su " inmenso poder, tampoco podía ilusionarse con el triunfo efímero del primer sitio, prólogo no más del drama terrible anunciado con voces de ira y venganza desde la opuesta falda del Pirineo; y lejos de dormirse sobre sus laureles, dio comienzo á los preparativos de la nueva defensa que meditaba, comisionando con plenos poderes al Coronel López para que concertase con la Junta Central los auxilios que la metrópoli aragonesa había menester en el pavoroso trance que la amenazaba.
Pasó el Coronel en Madrid todo el mes de septiembre recibiendo grandes deferencias del Presidente de la Junta Suprema Gubernativa del Reino, así como de su secretario D. Martín de Garay que escuchaban los pareceres militares del Comisionado con la consideración debida á su rectitud y gran entendimiento. Tratábase entonces de la concentración de nuestros ejércitos entre Burgos y Zaragoza para cubrir la capital de la Monarquía y contener la nueva invasión que el Emperador preparaba desde Bayona con poderosos medios; y como para ello debía contarse con la cooperación del ejército británico, fuerte de 23 mil hombres, que se hallaba en Portugal, comisionó la Junta al coronel López, por orden de 6 de octubre, para que, con el personal auxiliar necesario cuyo nombramiento dejaba á su elección, marchase rápidamente á Lisboa á conferenciar con el general en jefe á fin de concertar la entrada en territorio español de aquel lucido ejército al que López debía señalar la ruta más conveniente para su comodidad y la de los pueblos del tránsito, y proporcionarle cuantos socorros de alojamientos, víveres y forrajes pudiera necesitar.
Preparados los auxiliares necesarios que encontró López en el excelente personal de los regimientos irlandeses al servicio de España, salió de Madrid el 4 de octubre, llegando á Lisboa el 22 y concertó en el acto la entrada de los cuerpos ingleses, que el 3 de noviembre debían estar en territorio español. El cuerpo principal, bajo el gobierno del general en jefe Sir Moore, debía entrar por Almeida en Ciudad Rodrigo; la división Hoppe penetrar por Badajoz; y á la del mayor general Paget, comandante de las tropas ligeras, se le señaló la entrada por Alcántara. Estas fuerzas, lo mismo que el cuerpo principal, tenían prescripta su marcha á Burgos, punto elegido para la concentración. El coronel López estaba ya en Badajoz el 27 de octubre y corriendo postas llegó rápidamente á Salamanca, en cuya ciudad trazó con gran tino y conocimiento los itinerarios que habían de seguir las tres columnas, señalando detalladamente los caminos, pueblos y descansos para que los oficiales auxiliares, en combinación con los Ayuntamientos, tuviesen, como tuvieron, perfectamente dispuestos los víveres y alojamientos necesarios para nuestros huéspedes, por más que las vacilaciones de Moore malograsen la sabia y bien meditada empresa.
Cumplida su comisión, marchó D. Ignacio á Sevilla para dar cuenta del desempeño á la Junta Suprema Gubernativa del Reino, y con pliegos de ésta para Palafox, regresaba á Zaragoza, donde ya no pudo entrar, por estar sufriendo dicha capital los horrores del segundo sitio. En tal situación no vacila un momento el patriotismo del joven oficial, é incorporado al ejército de Cataluña, contribuye al socorro de Gerona asistiendo á las operaciones del general García Conde, y del brigadier D. Enrique O'Donnell, y nombrado por el general D. Joaquín Blake mayor general de artillería de los ejércitos reunidos de Aragón y Valencia, concurre al triunfo de Alcañiz (23 mayo 18o9) donde con su acostumbrada pericia, dirigió el fuego de aquella famosa batería de 19 piezas, situada en el cerro de las Horcas, centro de la línea española, que obligó á Suchet á emprender su retirada á Zaragoza después de haber visto destruida por la metralla de López aquella fuerte columna de 2.000 hombres., á cuya cabeza pretendió el general Fabre apoderarse de la posición
Después del descalabro de María (15 de junio de 1809), volvió López á Cataluña por orden de Blake, para reconocer y poner en defensa las plazas fuertes de dicho principado, concurriendo á la batalla de Vich, donde fué ascendido á brigadier por el general O' Donnell, quien le dio comisión de pasar á Andalucía para informar al Consejo de Regencia de las circunstancias críticas en que se hallaban aquel ejército y provincia. Instalado en Cádiz con el honorífico cargo de Ayudante general de E. M. del Ejército, y cuando la opinión pública conocedora de sus méritos le indicaba para los más altos puestos del Gobierno, contrajo una dolencia ocasionada por los continuos trabajos que había arrastrado y, descuidada imprudentemente al principio, le arrebató á la Patria y al Ejército el 24 de Octubre de 1810 á la juvenil edad de 34 años; su partida de obito que copiamos literalmente, dice así. Fr. Manuel Delgado, Cura Párroco de esta Villa Real, Isla de León. Certifico: Que en el libro III de entierros á fojas 230 vuelto está la partida siguiente: En la villa de la Real Isla de León en 25 de Octubre de 181o, se enterró por esta Jurisdicción Castrense, en el depósito común, Casa Alta, el cadáver de D. Ignacio López, brigadier, Ayudante general de E. M. de este Ejército, natural de Zaragoza, soltero, hijo legítimo de D. José López y de Dª Francisca Pascual. Murió en 24 del mismo, recibió los Santos Sacramentos de penitencia y extremaunción, testó militarmente fueron testigos D. Bartolomé Rodríguez Madueño y D. José Pascual, y para que conste lo firmé en dicho día ut supra. Fray Manuel Delgado.
ERA D. Ignacio López persona de gallarda figura, clarísimo entendimiento y singular erudición, y principió á escribir un diario del primer sitio de Zaragoza, del que por desgracia sólo se conservan los cuatro primeros pliegos. Estos papeles así como los borradores de sus famosos itinerarios, reales despachos, pruebas de nobleza, testamento y partida de defunción, estuvieron en poder de su hermana y heredera la Excma. Sra. Dª Rita López, viuda del general Obispo, de cuyas manos pasaron á los señores Unceta y López, sus sobrinos, quienes tuvieron la bondad de proporcionárnoslos para redactar esta biografía, que terminaremos con las sentidas frases dedicadas por el gran Quintana á las singulares prendas de nuestro malogrado héroe.
«Festivo y decidor cuando hablaba, era la delicia de sus amigos en el trato particular, lleno de ocurrencias y sales oportunas. Los excelentes estudios que había hecho en su juventud, le proporcionaban alternar sin violencia, con el humanista, con el hombre de estado y con el filósofo, del mismo modo que con el militar, hallando todos en su conversación extremadamente agradable, un compañero inteligente y aficionado á aquellos mismos conocimientos. Su corazón, franco y leal, no conocía el artificio ni la lisonja; y por un privilegio que la Naturaleza concede á muy pocos, López estaba sin cesar diciendo verdades á los hombres y nadie se ofendía de ellas. Fué doloroso sin duda, verle perecer en el vigor de la edad, en medio de tan bellas esperanzas y cuando podía hacer los mayores servicios á su Patria.»